Cuidemos al cuidador

La prevención y la sanación de enfermedades no son posibles sin la presencia del cuidador o cuidadora. Sin embargo, son ignorados u olvidados. Tenemos que aprender a valorar y cuidar a quienes nos cuidan. 

Se denominan Cuidadores Familiares (o informales) al conjunto de personas que dedican una gran parte de su actividad diaria al cuidado de personas con una condición de salud crónica, o con  dependencias o discapacidades permanentes. Esta tarea,  que supone el desempeño de un rol tradicional, no sólo limita la participación social, las relaciones interpersonales y la autonomía de las cuidadoras, sino que afecta su salud, muchas veces severamente, porque pasan gran parte de su tiempo cuidando a otras personas, pero desatienden su propio bienestar. De allí la necesidad de cuidar a los cuidadores.

La importancia del Cuidador o Cuidadora la establece muy bien Alba Carosio, investigadora del Centro de Estudios de la Mujer (CEM) de la Universidad Central de Venezuela: “Nos hemos acostumbrado a pensar en la enfermedad en relación con su curación, o en todo caso, su prevención, pero olvidamos que todas las y los enfermos necesitan cuidados. Es más, no resulta posible que la curación ocurra –en los casos que es posible- sin una buena dosis de cuidados. Lo cierto es que la prevención descansa completamente en los cuidados necesarios  para mantenerse con salud. Es imprescindible cuidar para sanar y cuidar para vivir”. (El invisible aporte de las mujeres a la salud, 2008).

Llama la atención la elevada feminización de esta tarea: un 90% de los cuidadores, son cuidadoras familiares y amas de casa. Un 80% de estos cuidados se hacen en los hogares. Las mujeres son las grandes gestoras de salud, ellas ejercen el primer nivel de salud en el ámbito familiar e interactúan con los servicios de salud pública y privada. Cabe preguntarse, ¿Qué sería del sistema de salud sin el soporte de las cuidadoras? Ellas conforman un colectivo cada vez más numeroso, que realizan una tarea necesaria pero que, sin embargo, es poco visible y reconocida socialmente.

Además de las consecuencias físicas y emocionales, ser cuidador también puede provocar un estrés financiero, por lo que es posible que el cuidador evite ir al médico para no tener que pagar consultas o tratamientos. Todos los factores que inciden en su labor pueden afectar su salud emocional, mental y física. Los patrones culturales tradicionales no ayudan y siguen reforzando esta asignación desigual, sobre todo para las mujeres. Además, las propias cuidadoras consideran su tarea como un deber moral (90%) y, en muchos casos, lo realizan por iniciativa propia (60%). Y aunque muchas se sienten satisfechas con su labor y piensan que eso las dignifica, un gran número reconoce que no tiene otra alternativa y que esta actividad repercute negativamente en su calidad de vida.

Por eso es necesario visibilizar la importancia del cuidador y reivindicar su labor. Desde una perspectiva de género y derechos humanos se debe promover un cambio de valores ante una función que las mujeres cumplen calladamente, como algo natural y que, actualmente, es menos compatible con su vida laboral y social.

En definitiva, hay que evitar reducir a lo familiar e individual una problemática cada vez más social, para la que se deben diseñar políticas sociales que cuiden de manera integral la salud de las personas dependientes y el bienestar y calidad de vida de sus cuidadoras y cuidadores.

Prensa Funcamama

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