Breve historia del cansancio

Un aviso del siglo XIX ofrecía una cura para el cansancio

El estrés laboral, las complicaciones familiares y los teléfonos “inteligentes” que siempre reclaman nuestra atención, nos mantienen bajo estado de tensión permanente y nos dejan exhaustos ¿Estos niveles de agotamiento son propios de nuestra época? ¿Antes la gente se cansaba menos o más?

En «Agotamiento: una historia», el escritor Philip Ball emprendió un viaje para descubrir y trazar la olvidada historia de la apatía y la fatiga, desde los monjes que vivían en el desierto hasta el mundo laboral actual. Resulta que estar exhausto no es nada nuevo. Compartimos algunos datos curiosos, registrados en este libro, sobre el cansancio a lo largo de los siglos.

Grecia antigua: Humores que cansan

La preocupación por el agotamiento se remonta a la antigüedad griega. En la edad de oro griega de los siglos V al III a.C., la mayoría de los médicos creían que nuestra salud estaba gobernada por un equilibrio en cuatro fluidos llamados humores que circulaban por el cuerpo: sangre, bilis negra y amarilla y flema. Varios siglos después, el famoso médico griego Galeno todavía atribuía el agotamiento a un desequilibrio en estos humores. Pensó que el agotamiento era causado por un exceso de bilis negra, y que el cuerpo estaba tratando de quemarla y que el polvo se elevaba desde el estómago hasta el cerebro, nublando la visión del mundo de la persona afectada.

La apatía como riesgo espiritual

En el siglo IV d.C., los primeros monjes y monjas cristianos vivían a menudo vidas solitarias en comunidades monásticas en los campos del norte de Egipto. A pesar de que lo que deseaban era una vida espiritual de contemplación,  no podían evitar sentirse aburridos y apáticos. Los sentimientos de letargo eran vistos como un peligro espiritual que hasta tenía un nombre: «Acedia», con lo cual se referían a una fuerza demoníaca que viene en medio del día. Incluso, llegaron ponerle un apodo: El demonio del mediodía. Un monje llamado Evagrio Póntico, o Evagrio el Monje, también llamado El solitario (345-399), se hizo famoso por desarrollar un sistema de asesoramiento y psicología para atender a las personas que sufrían de acedia.

De riesgo a pecado capital

En el año 375 d.C., Evagrio redactó una lista de ocho malos pensamientos, u ocho terribles tentaciones, de todas las posibles conductas pecaminosas. Esos ocho males se transformaron en la Edad Media en los siete pecados capitales. La lista se redujo porque Gregorio Magno (o San Gregorio) combinó la acedia con tristitia (tristeza) y el resultado fue el pecado de la pereza. Cuando esa apatía espiritual pasó a llamarse «pereza», lo que se empezó a juzgar fue si la persona estaba trabajando lo suficiente para su propia salvación. Estar exhausto, y por lo tanto inactivo, era visto como una falla moral.

Renacimiento: la culpa es de Saturno

El Renacimiento trajo otra opinión. El filósofo italiano Marsilio Ficino creía que había una superposición entre el agotamiento y lo que ahora llamaríamos depresión. «Generalmente lo llama melancolía, que es un desequilibrio de los humores en el cuerpo y causa pesadez, frialdad, letargo, miseria», señala Valery Rees, un historiador del Renacimiento que ha traducido las cartas de Ficino. Como se pensaba que los humores se veían afectados por las fuerzas celestiales, para Marsilio, el planeta que causaba melancolía era el frío y lento Saturno.

Fatiga e impropiedad sexual

En el siglo XVIII, en plena Era Victoriana, el agotamiento se empezó a considerar como un resultado médico de deficiencias espirituales o morales relacionadas con el sexo. Los síntomas de letargo y cansancio eran vistos como evidencia de degeneración sexual. Los médicos llegaron a vincular el agotamiento con las actividades sexuales inadecuadas y advirtieron sobre los peligros de ese tipo de comportamiento.

Los vampiros contagian cansancio

En el siglo XIX, los vampiros entraron en la cultura popular y fueron vinculados al agotamiento. El profesor Nick Groom, de la Universidad de Exeter, señala que en cuentos góticos como «Carmilla» y «Drácula», las víctimas de los vampiros se vuelven lánguidas, agotadas, desganadas y demacradas. «Lo que vemos es la ciencia médica tratando de darle sentido a los síntomas del cansancio y luego proyectando estos síntomas inmateriales en una figura», explica. Pero estas historias de vampiros también proporcionaron una lección moral. Existe la sensación de que los seductores encuentros entre los vampiros y sus víctimas femeninas eran una advertencia sobre los riesgos de participar en actividades sexuales ilícitas.

Cansancio y prejuicios sociales

La ciencia médica avanzó y llegó a la conclusión que el agotamiento no tenía que ver con la sangre sino con los nervios. Todavía se mantiene esta asociación: sentirse sin fuerzas es estar debilitado, que viene del latín enervāre o enervado: sin nervios. En la década de 1880, un médico estadounidense llamado George Beard popularizó un nombre para esta afección: «neurastenia». En opinión de Beard, los nervios se debilitaban si estaban bajo demasiada tensión por pensar demasiado. Su neurastenia fue vista como una aflicción de personas sensibles, creativas y refinadas que habían hecho demasiado trabajo intelectual; estar cansado se convirtió en una distinción social.  Bajo esa lógica, se consideró que las personas que llevaban vidas mentales poco exigentes, como los trabajadores manuales, no sufrían agotamiento. Y tampoco era un problema para las razas no europeas, pues se pensaba que no tenían el mismo refinamiento mental. El cansancio se convirtió en un vehículo para apuntalar los prejuicios sociales y el status quo, incluido el colonialismo.

Táctica para mantener la cultura machista

El agotamiento también se convirtió en un problema de género. En 1874, el psiquiatra británico Henry Maudsley escribió que todos tenemos una cantidad limitada de energía corporal y que la energía de las mujeres se centraba principalmente en su sistema reproductivo, ya que esta es su función principal en la sociedad. Según Maudsley, las mujeres que malgastaban sus energías en actividades como leer, escribir y estudiar probablemente obstaculizarán sus habilidades reproductivas. Algunos médicos advirtieron que las mujeres que salían, usaban sus mentes o (Dios no lo quiera) trabajaban, sufrirían terribles consecuencias físicas, incluso la muerte.

Reprimir nuestros deseos cansa

Según el enfoque psicoanalítico del agotamiento de Sigmund Freud, es la civilización misma la que agota nuestra energía. Freud argumentó que solo vivir en una cultura civilizada podía ser agotador porque gastábamos mucha energía reprimiendo todos nuestros deseos, opiniones y deseos socialmente inaceptables. Además se nos va mucha energía en conflictos internos: el ello, el yo y el superyó se mantienen en una lucha constante dentro de nosotros.

Fuente: BBC Mundo

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