Pechos eternos

El cine siempre guarda gratas sorpresas, sobre todo el cine clásico. A propósito del Octubre Rosa, Mes Mundial de Concientización y Acción frente al Cáncer de Mama, recordamos Pechos Eternos, una de las mejores películas sobre el tema.

La película contiene importantes valores referenciales: es dirigida por una mujer, Kinuyo Tanaka. Trata la historia de una mujer que expone sus conflictos tanto personales como sociales en una sociedad patriarcal. Está cargada de bellas y reflexivas imágenes y es pionera en el abordaje del tema del cáncer de mama.

Kinuyo Tanaka (1909-1977), es la legendaria actriz de tantas obras maestras de los grandes directores del cine japonés: Mizoguchi, Ozu y Kurosawa. Después se convirtió en la segunda mujer que logró ser directora en la cinematografía de su país, y la primera en realizar una filmografía de cierta continuidad y extensión, seis películas entre 1953 y 1962

Pechos eternos (“Chibusa yo eien nare”, 1955) es su tercera película y se centra en la vida de la poetisa Fumiko Nakajo (1922-54), autora del libro “La Pérdida de los Pechos” (Chibusa Soshitsu).  Se trata de un drama de una fuerza conmovedora y, a la vez, de una serenidad ejemplar. La protagonista, poeta que empieza a ser reconocida, es diagnosticada con cáncer de mama. Todo se replantea para ella, que ha vivido hasta ese momento otras experiencias cercanas de pérdida y muerte. Desde el punto de vista argumental, es el relato de una pérdida. O una serie de pérdidas que sufre una mujer. Un matrimonio insatisfactorio, que no fue su decisión, concertado por su madre. Un marido amargado que descarga en ella sus frustraciones y falta de autoestima. Un divorcio cuyos términos implican que sólo disponga de la tutela de su hija pero no de su hijo. Un amor que no será correspondido, aunque quizá sea un amor proyectado en quien sí la comprende y admira. Y la pérdida de sus dos mamas, cuando sólo tiene 31 años. Incluso su voz ha pugnado por hacerse oír con sus poemas, los cuáles para algunos resultaban extraños, como expresados en un lenguaje diferente, quizá sólo comprensible por otras mujeres

Lo fascinante de la película es el modo en que Tanaka alterna las escenas de tensión, miedo y dolor con las de lucidez, deseo y resistencia ante lo inevitable. Los desplazamientos de la cámara, que siguen a los personajes enamorados en la primera parte de la historia, integrándolos a un espacio que los cobija y envuelve en la complicidad, se decantan en una austeridad que nos involucra en la turbación esencial que aparece cuando la felicidad ya no existe y solo queda el escenario del hospital.

En una de las secuencias más impactantes y un hecho insólito en aquellos años, un primer plano muestra sus mamas desnudas, cuando se les prepara en la sala de operaciones poco antes que se las quiten. No son pechos que se muestran en una escena que conlleva placer, ni expuestos para ser admirados, sino que se muestran en los momentos previos a la mastectomía. Son mamas que dejarán de serlo. Extraídas, como extraída sentía su vida Fumiko, y tantas mujeres en una sociedad machista. No podrán ser pechos eróticos que proporcionen satisfacción ni pechos que amamanten hijos. Son pechos que se sacrifican por la vida.

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