El secreto de Agnódice

Hoy en día es de lo más normal que las mujeres ejerzan la medicina. Sin embargo, no siempre fue así. En el siglo III antes de nuestra era, surgió el nombre de Agnódice, la primera mujer que se atrevió a ser médico, pero para realizar su sueño se rebeló contra las limitaciones y puso en riesgo su vida.

En el siglo III en la Grecia Antigua, a las mujeres les estaba completamente prohibido estudiar medicina, incluso bajo pena de muerte. Era una situación dramática ya que para las mujeres era un deshonor desnudarse ante un hombre, por lo que cientos de ellas morían en el parto al negarse a ser asistidas por hombres, que eran los únicos habilitados para los estudios médicos.

Bajo estas circunstancias es que la joven y rebelde Agnódice decide estudiar medicina y obstetricia. Pero para ello, con aprobación y apoyo de su padre, tuvo que trasladarse a Alejandría (Egipto). Se cortó el cabello, se puso ropa de hombre y pudo ingresar en la academia para estudiar con uno de los seguidores de Hipócrates, nada menos que el primer anatomista, Herófilo de Calcedonia (335-280 a.C.), cofundador de la legendaria escuela de medicina en Alejandria, quien le impartió su sabiduría médica sin saber que era mujer.

Hacia el año 350 a.C., ya graduada, regresó a su ciudad de origen, Atenas, donde montó su propio consultorio. No pudo abrirlo siendo mujer, por lo que volvió aparentando ser un hombre para poder ejercer y atender mujeres. Por esos días se le presentó un parto particularmente difícil. La parturienta se negaba a  que la atendiera un hombre. Entonces, Agnódice se levantó la túnica y pidió a la mujer que se tranquilizara y fuese discreta.

El secreto de Agnódice se difundió rápidamente entre las mujeres. Es lógico que al encontrar a una mujer médico (la primera ginecóloga de la historia) la noticia corriera entre ellas como la pólvora. Su consulta creció tanto que los otros médicos se molestaron y empezaron a difundir acusaciones en su contra como que seducía e intentaba violar a algunas de sus pacientes.

Fue llevada ante el Consejo del Areópago, el cual decidió que era “culpable”. No le quedaba más remedio, Agnódice se quitó la ropa y, sin necesidad de palabras, les dejó saber que era mujer, no hombre, como todos pensaban. Era un secreto bien guardado por ella y aquellos a quienes había ayudado.

Sin duda, Agnódice había violado la ley, y quienes estaban presentes en el juicio sabían que el castigo era la pena de muerte. Pero un gran obstáculo lo impidió: una multitud furiosa de mujeres atenienses acaudaladas, a quienes Agnódice había ayudado, entre ellas esposas de los propios médicos y políticos que la habían acusado, exigieron su liberación. Si ejecutaban a Agnódice, declararon, “todas moriremos con ella”.

 

La rebelión resultó no solo en la liberación de Agnódice sino también en la anulación de la ley que prohibía a las mujeres practicar la medicina, siempre y cuando solo trataran a pacientes del mismo género.

El secreto de Agnódice se encuentra entre el mito y la realidad. Pero, sin duda alguna, su ejemplo cambió la historia y abrió nuevos caminos en la defensa de los derechos de la mujer.

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