Si te preguntara cuándo fue la última vez que sentiste paz profunda, es muy probable que tengas que viajar varios años hacia atrás en tu memoria. Es comprensible. Quienes habitamos esta tierra llevamos casi tres décadas navegando tempestades que agotan el alma.
Sé cuánto pesa despertar entre la incertidumbre, la falta de agua, los apagones y la constante sensación de cambio. Sé, sobre todo, cómo duele la distancia. Nada rompe más el corazón que ver a los hijos construir vidas al otro lado del mapa. Cuando logramos abrazarlos, sentimos una sombra sutil: somos visitantes en sus vidas, perdiendo esa cotidianidad donde se tejen las miradas cómplices y los detalles diarios. Ese vacío duele en lo más profundo, igual que duele la historia de millones de familias rotas por la migración.
A este dolor acumulado se le suma hoy la angustia reciente de los terremotos. Un evento telúrico no solo sacude la tierra; paraliza el alma. En medio del desastre, surge un fenómeno devastador: la culpa del superviviente. Muchas personas se sienten bloqueadas, creyendo que si continúan trabajando, si deciden sonreír o permitirse un instante de alivio, le están fallando a quienes sufren. Esta parálisis colectiva nos hace pensar que la felicidad es un acto de insensibilidad.
Ante tanto peso, ¿tiene sentido hablar de felicidad? La respuesta es un rotundo sí. Precisamente por todo lo vivido, hablar de bienestar resulta una urgencia vital.
La libertad que nadie puede quitar
Viktor Frankl, aquel psiquiatra sobreviviente de la barbarie en los campos de concentración nazis, descubrió algo sagrado: a un ser humano pueden arrebatarle absolutamente todo, menos una cosa. La última de las libertades humanas es la capacidad de elegir la actitud ante la realidad. En la oscuridad más absoluta, Frankl decidió aferrarse al amor, a la dignidad y a la esperanza. Decidió abrazar la vida dentro del horror.
Elegir estar bien no significa ignorar la tragedia ni la pérdida. Significa entender que el paralizarnos por la culpa no sana las heridas de los demás. La felicidad dista de ser un privilegio estéril; es una decisión consciente. Consiste en levantarte cada mañana y decir: “A pesar de todo lo que ocurre afuera, elijo cuidar mi paz interior hoy”.
La biología de la esperanza: Sanar desde adentro
Tu cerebro está diseñado para ayudarte a resistir y sanar. La neurociencia muestra que cada gesto de solidaridad, cada abrazo, cada risa compartida y cada momento de gratitud liberan una cascada de química sanadora: oxitocina para disolver la soledad y la culpa, serotonina para dar calma al espíritu, endorfinas para aliviar el dolor.
Cuando la tragedia o la distancia física aprietan, resulta fundamental reconstruir la tribu. Quien decide levantarse y mantenerse fuerte es quien puede extender la mano para ayudar a otros. La salud física y emocional es el suelo fértil donde florece la determinación de servir y reconstruir.
Elegir la vida en Funcamama
En Funcamama vivimos esto diariamente. Vemos a personas llegar con miedo, cargando incertidumbres, duelos y frustraciones. Ser testigos de cómo recuperan la fuerza al sentirse escuchadas, atendidas y acompañadas constituye una lección de vida. Cuidar tu salud, hacerte tus chequeos a tiempo, regalarte una palabra amable y buscar apoyo emocional son actos de profunda valentía. Constituyen la forma más pura de reclamar tu derecho a estar bien para cuidar de los tuyos.
Resulta imposible cambiar el pasado o evitar cada tormenta del entorno, pero sí podemos decidir qué hacer con el presente en nuestras manos. Te invito a tomar esa decisión hoy. Liberarte de la culpa, cuidar tu templo, abrazar a quien tienes al lado y reencontrar el gozo en las cosas pequeñas te fortalece. Recordándonos siempre que unidos salvamos vidas, elige, contra todo pronóstico, florecer y ser luz para los demás.
Por Luisa Rodríguez Táriba, Presidenta de Funcamama
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