Las personas estamos hechas de recuerdos. Nuestra mente se escapa de forma constante a ese baúl en el que se contiene nuestra historia. Los recuerdos de la infancia moldean la vida adulta y la memoria familiar.
Una de las creencias más arraigadas del mundo adulto es la idea de que haber crecido en la misma casa, con los mismos padres, garantiza una infancia compartida, pero resulta que no es así.
Hay recuerdos que si los evocamos pensando en las vivencias con nuestros padres y abuelos pueden ser comunes para todos los miembros de la familia. Sin embargo, todo cambia si desplazamos la perspectiva hacia nuestras vivencias de niños, por ejemplo, tomando la experiencia de quien piensa su vida adulta a partir de la casa en la que creció. Porque el hogar es algo profundamente subjetivo y funciona como punto de partida para abordar una historia más compleja sobre la vida y las expectativas.
LAS CASAS Y LA MEMORIA AFECTIVA
Cada casa narra su propia historia como testigo de pasiones, conflictos, decadencias y transformaciones a lo largo de generaciones. Allí, los objetos y los espacios no son neutros: portan memoria y afectos sedimentados en el tiempo.
Los recuerdos de las casas donde crecimos ocupan un lugar singular en la memoria. En algunas quedan marcas visibles: los viejos muebles o cuadros, la máquina de coser de la abuela, un reloj de pared, el álbum de fotos, juguetes que se heredan, en fin, los objetos que sobreviven a quienes los usaron. En otras casas, hay hechos extremos y dolorosos que dejan otro tipo de huellas.
Pero aun cuando los hermanos hayan vivido bajo el mismo techo, compartido escenas similares, los recursos subjetivos, la forma de resaltar un acontecimiento y no otro, o la sensación que dejó un hecho pueden ser radicalmente distintas.
BIOGRAFÍAS NO COMPARTIDAS
Es muy frecuente en las consultas de terapia familiar, que los hermanos se molesten porque uno no recuerda algo que para otro fue decisivo, o que un acontecimiento vivido como trágico por uno resulte irrelevante para otro. No se trata de indiferencia ni de negación, simplemente no ocuparon el mismo lugar en la experiencia de cada quien. La infancia no es un hecho biográfico compartido. Es una posición subjetiva singular en la trama de la historia familiar.
Cada hermano nace en un momento distinto del deseo de los padres y ocupa un lugar propio en la estructura simbólica familiar. Ese lugar no es solo una proyección del deseo parental: está ya anticipado por una historia, sombras, expectativas, duelos, mandatos, lealtades y exclusiones que lo preceden. La identidad se construye de manera singular donde cada niño se posiciona frente a ese lugar que lo antecede. Por eso, aun con los mismos padres y bajo el mismo techo, la infancia nunca es la misma.
En toda familia hay episodios dramáticos, a veces violentos, muchas veces invisibles, también inconscientes, que asignan lugares. No todos los hijos cargan con las mismas responsabilidades emocionales ni sostienen las mismas funciones, ni son deseados de la misma forma.
EL LUGAR DE LA INFANCIA EN LA HISTORIA FAMILIAR
Cada cual ocupa un lugar en la historia familiar. Y eso no es algo que se pueda modificar, puede comprenderse. Comprender desde qué lugar habla cada uno, desde dónde mira, desde dónde tuvo que arreglárselas y desde dónde se entristece o se alegra, Lo más recomendable es que esto lleve a la búsqueda de nuevos movimientos para recuperar el orden, la armonía y reconciliarnos con la vida. Porque lo que no se gestiona ni se reconcilia tiende a repetirse de generación en generación.
La pregunta no es si hubo amor o cuidados materiales suficientes, sino qué lugar tuvo cada niño en la trama afectiva y qué hizo con eso. Conocer ese lugar es reparador y muchas veces preventivo de dolores futuros.
La infancia es una experiencia marcada por el lugar que a cada niño le toca ocupar. Las casas, reales o simbólicas, guardan esas marcas. Son testigos mudos de lo que se dijo y de lo que no pudo decirse, de los cuidados ofrecidos, de las soledades, de los desamparos y también de los momentos bellos e inolvidables.
Cabe preguntarse, entonces, qué queda de la infancia en el adulto y cuánto inciden en las contingencias de la historia por venir. Trabajar sobre esto desde temprano no es negar ni corregir la historia que nos originó, sino hacer algo transformador con ella y apropiarsela de un modo más amoroso y sanador y poder narrarla. Escribir esta parte de nuestra historia es una poderosa herramienta terapéutica, una tarea que, por cierto, forma parte del módulo Autobiografía en la formación de nuestra querida escuela Ecosic. Escribir nuestra autobiografia, desde una mirada sistémica, nos ayuda a volver al niño que fuimos para recuperar el lugar de nuestra infancia en la historia familiar.
Por Arnaldo Rojas
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